Hallábanse sentados frente a frente, y podían mirarse bien a los ojos.

—¡Caballero—exclamó la joven embridando mal su despecho—en el fondo de esa galantería no hallo más que una impertinencia inexcusable!

Se había puesto roja y, como antes la ansiedad, ahora la hermoseaba el despecho. El contestó con una naturalidad desconcertante, por lo sincera:

—No se enoje usted conmigo, porque sería inútil. Todo cuanto está sucediendo y ha de suceder esta noche, es inevitable. Medite usted en el alcance de ese concepto, según los casos, divino o maldito: “lo inevitable”. Señora: no por la fuerza de mis manos, que antes me cortaría que emplearlas en contra de usted, sino por dictados de la simpatía que ya existe entre ambos, y que es la más irrecusable de las órdenes, ni usted estará mañana en Almería, ni yo llegaré mañana a Huelva.

Ella inquirió, atónita:

—¿Por qué?...

—Porque usted misma, dentro de un rato y en virtud de una maravillosa revolución que ya está verificándose en su alma, sentirá, como yo, la necesidad de abrir en nuestros respectivos viajes un paréntesis de veinticuatro horas. Sobre la realidad monótona de esos rincones provincianos adonde nos dirigimos, acaso más que por nuestra propia alegría para repartir alegría entre los seres que nos aman, está el ensueño, la casualidad novelesca de habernos encontrado.

Ella, a la vez escandalizada y seducida, creyóse obligada a protestar en nombre de su honestidad; pero él, por momentos más apremiante y buen tracista, la redujo a silencio:

—¿No juzgaría usted desfavorablemente—decía—a quien, después de comprar un billete de teatro, no fuese a ver la función? Pues he ahí el caso de quien, teniendo un billete para el teatro de la Vida... ¡no entra en la vida!... Y usted, desde que cruzamos las primeras palabras, tiene un billete para ese teatro; se lo dió la madre Aventura... la mejor de las madres... ¡aprovéchelo usted!... Créame; cuando la Casualidad ríe junto a nosotros, debemos imitarla...

Repelió ella estas teorías con vigor, pero yo, que leía en su conciencia, me maravillaba de la ninguna fe de sus opiniones, y de la rapidez con que su gaitero colocutor la había ganado la voluntad. Tan fué así que, una hora más tarde, el diálogo había cambiado el grave entrecejo de la polémica por la sonrisa pícara del coqueteo, y enfrentábamos Castillejo cuando ella y él, sentados ya el uno al lado del otro, se apretaban las manos con una vehemencia que aceleró el latir de sus pulsos. Verdaderamente el galán, sabiendo mostrarse con oportunidad alegre o melancólico, optimista o desengañado, era un emérito cazador de almas.