—Todo nos acerca—insistía—y, más que la soledad, el misterio, lleno de intimidad familiar, de la Nochebuena. Es la noche en que todos se abrazan, en que nadie, ni aun los más infelices están solos...; la noche que los hijos calaveras aprovechan para volver a su hogar y ser perdonados... Y por eso, por ser esta noche de perdón, usted escuchó mis ruegos misericordiosa. Acompañémonos, defendámonos mutuamente de la soledad... ¡abriguémonos contra el espantoso frío de no ser amados por quien quisiéramos serlo!...

Hizo ademán de escuchar, y unos segundos permaneció así, el cuello erguido, las pupilas fulgentes; y agregó misterioso y festivo:

—¿Oye usted lo que dice el vagón?... En este momento nuestro coche corre con un traqueteo trisílabo, y en esos tres tiempos de su marcha yo percibo distintamente las tres sílabas del imperativo más dulce: “Quié-re-le...” “Quié-re-le”... El vagón aconseja a usted quererme; no se lo aconseja; se lo manda... “Quié-re-le...” No piense usted ni un instante en desobedecerle, porque podría irritarse y descarrilar. ¡Oigale!...

La tercería que el diestro embaucador me achacaba en su amoroso pleito me hizo gracia, y desde luego le deseé la victoria. Divertida y risueña, la joven escuchó también. Luego exclamó:

—¡Es cierto!... Ya le oigo... ¡Ah, es maravilloso!... pero me ordena todo lo contrario de lo que usted supone; usted ha traducido mal... Usted percibe tres sílabas y yo distingo cuatro... El vagón dice: “No le cre-as...” “No le cre-as...” “No le cre-as...”

El se inclinó sobre las manos que la Deseada tenía cruzadas a la altura del pecho, y, lentamente, devotamente, con unción mística, las besó. Volvió a incorporarse, acercó su rostro al de ella y mirándola intensamente a los ojos:

—El vagón dirá—murmuró—lo que tu corazón quiera hacerle decir; porque todas las interrogaciones y todas las respuestas de la vida están en nuestro propio corazón. Fuera de nosotros no hay nada. Cuando tú crees que el mundo te ha dicho algo, es que tu alma se ha contestado a sí misma.

La joven no respondió, y toda su belleza se cubrió de melancolía, circunstancia que juzgué bonísimo agüero para él, pues nada como la Melancolía mulle las camas que luego deshace el Amor. Hubo una corta tregua. ¿Qué hacía ella?... ¿Soñaba... escuchaba?... Al fin, lánguidamente, con aquella su voz suave de derrota, de entrega, que tanto me había impresionado, y como hablándose a sí misma, murmuró:

—Usted tenía razón: el vagón dice: “Quié-re-le...” “Quié-re-le...”

Y cerró los párpados, que él, férvido, se apresuró a besar. Cerca de un minuto permaneció así, sumido en el éxtasis de aquella felicidad. Después, sin apartar los labios de donde tan a su gusto los tenía apoyados, preguntó: