—¿Oyes bien lo que el vagón te manda?
—Sí—replicó ella reclinando su cabeza enajenada sobre el pecho del hombre—; antes no le oía... pero ahora sí...
—¿Por momentos le comprendes mejor, verdad?...
—Mejor—repitió—, mejor... Creo que ya toda mi vida he de estar oyéndolo...
Y, feliz de sentirse vencida, y como para agradecerle el bien que la hizo limpiando su alma de escrúpulos, le echó al cuello los brazos.
El expreso acababa de detenerse, y ante los coches apagados y herméticos, una voz indolente pregonaba:
—¡Alcázar de San Juan!... ¡Cambio de tren para las líneas de Valencia, Alicante, Cartagena y Murcia!...
Ibamos, como en la jerga ferroviaria se dice, “a la hora”; eran las once y diez.
El enamorado habló, susurrante:
—Todo parece caminar al compás de nuestro deseo. Nos quedaremos en Valdepeñas, adonde llegaremos a las doce menos cinco. Inmediato a la estación hay un hotel. Aún podemos ir a la Misa del Gallo... y completar así nuestra Nochebuena... una Nochebuena que recordaremos toda nuestra vida.