El convoy volvía a moverse, y el estremecimiento que tuve al arrancar restituyó a la Seducida la conciencia de sus deberes.

—¿Qué dice usted?... ¡Yo no puedo quedarme en Valdepeñas!

Parecía despertar de un letargo profundo, y había espanto en sus ojos. El indagó, sereno:

—¿Por qué?... ¿No quieres?...

—Sí; querer, sí quiero... Pero es que en Almería está aguardándome mi...

No concluyó la frase, porque él, rápido, con una mano la cerró la boca.

—¡Calla!—suplicó—; pues no quiero saber quién te aguarda. ¿Son tus padres?... ¿Tu marido?... No necesito saberlo... ni tú debes decírmelo. Pero considera que esas personas, a quienes con un telegrama puedes tranquilizar, te aguardarán siempre... ¡Abarca bien la significación de esa terrible palabra: “siempre”!... Mientras la aventura que yo te ofrezco no espera, porque sólo es un sueño...; un bello sueño que se desvanecerá con esta noche; mi amor es como esos encantamientos de los cuentos de hadas, que se rompen no bien el día despierta...

Ella le miraba asombrada; no le comprendía.

—¿Y después?—interrogó.

—No entiendo: ¿qué significa ese “después”?...