—Más adelante, ¿cómo haríamos para vernos?... Usted me dijo que iba a Huelva: ¿reside usted allí?...

—No pienses en eso: que no te interese saber dónde yo vivo, como a mí no debe interesarme dónde habitas tú: Huelva, Almería, Madrid... ¿qué importa, si nuestra noche de hoy no ha de repetirse nunca y si jamás volveremos a saber el uno del otro?...

Calló unos instantes, sinceramente entristecido, tal vez. Los hermosos ojos negros de la Deseada se habían humedecido.

—¡No volver a vernos!—suspiró.

—Nunca—afirmó él—; porque en eso... ¡sólo en eso!... estriba el secreto de amarnos siempre. ¿No reconoces que, entre todas las personas que llenan tu biografía, te sientes, como yo, un poco sola?... Lo cual significa que ninguna logró acercarse completamente a tu alma. ¿Qué adelantaría yo, de consiguiente, informándome de tus ocupaciones, y de con quién habitas, y de todo ese fárrago de monotonía, de tristeza, “de prosa”, en fin, qué pinta de gris tu vivir cotidiano? Si a mí sólo me cautiva tu espíritu, ¿a qué preocuparme de cuanto permanece fuera de él?... Haz tú lo mismo. Yo no quiero, óyelo bien, “no quiero” saber nada de ti, ni siquiera tu nombre, porque el nombre es una “materialización” del alma; algo que la vulgariza, que la ensucia un poco; y, además, porque llegando a mí y marchándote sin quitarte el antifaz del anónimo, no ofenderemos a las personas que, a su modo, te aman. Date a mí esta noche, que más adelante, en el ingrato filar del tiempo, no llamaremos Nochebuena, sino “Noche-Unica”; y mañana, en trenes distintos, huyamos el uno del otro.

Seguía ella sin interpretar bien lo que el desconocido la proponía; pero su corazón, impulsivo y sentimental, ya le amaba.

—Te quiero—balbuceó—, te quiero, dueño...

Su violenta confesión tuvo más de sollozo que de alegría. El replicó:

—Nos querremos siempre, y voy a explicarte la razón. Di: desde tu primera juventud, ¿no acariciaste la alegría de pertenecer a un hombre que te adoraba y en quien tú adorabas?

La ingenua exclamó: