—¡Es cierto!
—¿Tenía un semblante determinado ese hombre?
—No.
—¿Cómo se llamaba?
Ella repuso, sorprendida de cómo aquel breve diálogo esclarecía su comprensión, todavía remisa:
—No lo sé; nunca le puse nombre.
—¿Ves?... Luego, si jamás tuvo cara ni nombre, ¿por qué no sería yo?... Y eso, puntualmente, me sucede contigo. Si, dóciles a la universal rutina, nos dijésemos nuestros nombres, en el acto tendríamos un punto de semejanza con los millones de mujeres y de hombres tocayos nuestros; mientras que, manteniéndonos innominados, tú siempre serás para mí “Ella”... ¿comprendes?... la “Sin Nombre”... la “Unica”..., y yo, para ti, igual...
Desfallecida, emborrachada por el pique novelesco de aquella aventura, la joven repetía:
—Lo que tú quieras... decide tú...
—Mañana, después de haber sido muy dichosa, ¿tendrás resolución para irte?...