Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.

—¿Qué haces?—murmuraron malhumorados los sleeping.

Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo arranque de rebeldía, sin embargo.

—¿Qué haces, muchacho?—repitió el sleeping.

Y El Tímido:

—Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...

Un sleeping tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca del primer túnel inicié—no me explico cómo—un ademán de retroceso que se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:

—¿Qué sucede? ¿Quién se para?...

Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”—decidí. Reanimado por esta noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a Madrid.

Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron: