—¿Cómo te sientes?...

—Bien—repuse.

Todo el convoy se preocupaba de mí.

—¿Estás cansado?

—No.

—¿Nada te duele?

—Nada.

¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me admiraban.

—Propongo—dijo un sleeping—que a este buen mozo le llamemos El Cabal.

Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.