El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que finaron su vida de trabajo once coches—la mayoría de pasajeros—, diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del “correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y cinco minutos de la noche.
Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan.
Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano, que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas jornadas.
Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V, con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina, rodeado de desolación.
Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba—la Sætabis romana—pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa, padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío por las sinuosidades de una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y una policromía de acuarela.
A cada momento, mi compañero El Barítono me decía:
—¡Mira!...
Y yo, a mi vez, le replicaba:
—¡Mira!...
Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar.