En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro, temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban. Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al hombre de la gorra’”—pensé.

Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque ahogándose, pudo balbucear:

—Señor... ¿el caballero que iba aquí?...

El interpelado repuso fríamente:

—No sé; salió hace un momento...

Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron sin contestar.

Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la vía.

Nunca la pobre Justicia supo más.

XXIII

Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez y el mucho uso, causan en los convoyes.