—Prefiero quedarme aquí.

El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento.

—De este modo—explicó—podrán ustedes descansar, seguros de que nadie ha de molestarles...

Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la explicación que buscaba, volví a pensar:

“Serán amigos...”

Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un “ruta”—que prestaba servicio en otro coche—, o los dos, recorrían mi tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó aquel ir y venir insólito.

—Me espían—pensó.

Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río, de Palma y de Posadas, habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo: adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.”

Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas, convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le habían estrangulado.

Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él, realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos, horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la estación de Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó leer en un libro.