El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el interventor.

—Si el caballero no está bien aquí—dijo—puede pasar a otro departamento: el coche va casi vacío.

El interpelado repuso:

—Muchas gracias.

—Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor.

El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío...

—Gracias—dijo—, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir bien.

El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta.

—Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza, puedo transportarlas yo mismo...

Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi huésped, irritado también, le replicó muy seco: