—Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora!
—¿Qué hace?
—Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de vino. Parece una vasija rota...
Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?...
“Será algún empleado de la Compañía”—pensé. El recuerdo de lo que el Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que aquel intruso estuviese borracho.
“Bien podía suceder—me dije—que fuese amigo del inspector, y éste le hubiese encerrado a dormir aquí.”
Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la máquina—hago hincapié en este detalle por ser esencial—; era delgado y de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas, y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención, como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños incidentes que a mi alrededor se producían.
Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años, el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte, al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:—“Fulano ha muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya, de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En cambio, nos dicen:—“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a un individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me digo:—“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:—“Ese señor debe de ser tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco.
Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó, un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido.
—Buenas noches—dijo al entrar.