—¡Dichoso tú!—interrumpió desabridamente—, pues tuviste la suerte de tropezar con gente limpia. ¡Si supieras cómo voy!...
—¿Qué te sucede?...
—No me lo preguntes; estoy como para que me metan en lejía ocho días seguidos.
Le rogué que no mortificase por más tiempo mi curiosidad, y que desembuchase sus cuitas procurando desfigurar la verdad lo menos posible; y dije esto, porque tenía entre nosotros fama merecidísima de fantaseador y embustero.
—Sucede—explicó—que viaja conmigo el tipo más extravagante y gracioso que puedes soñar. Va solo, y cuando se quitó el gabán advertí que iba vestido de “smoking”. “¿De dónde sale este hombre?”—pensé. Es pequeño y rubio, muy rubio, casi albino; usa monóculo; parece inglés, pero es español, acaso del riñón de Castilla la Vieja, porque, al hablar, ni de milagro se come una letra. Apenas dejamos Madrid, extrajo de un maletín una suculenta merienda, dos botellas de vino de Rioja, otras dos de Champagne y un frasco de Ginebra. Sirvióse a continuación una copa de “Rioja”, y con mucha elegancia y enfática ceremonia se puso en pie: “Señores—exclamó dirigiéndose a unos circunstantes imaginarios—: yo agradezco infinito esta comida que la cortesía de todos organizó en mi honor; y lo agradezco tanto más efusivamente, cuanto que el pasar solo esta Nochebuena hubiera sido muy doloroso para mí. Queridos amigos: yo brindo a vuestra salud, y hago votos por que el año próximo, en esta misma fecha, volvamos a estar juntos.” Llevóse la copa a los labios, bebió parsimoniosamente y en seguida comenzó a batir palmas, tributándose una calurosa ovación. “Está ofreciéndose un banquete a sí mismo”—pensaba yo. Con empaque correcto y frío de gentleman, “el hombre del monóculo” se sentó, desdobló su servilleta y empezó a comer. A intervalos demostraba sostener con los comensales más próximos a él diálogos breves, para lo cual se interrogaba y respondía urbanamente:—“¿Otra rodajita de salchichón, marqués?”—“Muchas gracias.”—“¿Una copita de vino, don Eugenio?”—“Se acepta, sí, señor; ¡y con mucho gusto!...”—“Salud, don Eugenio.”—“¡Salud, señores!...” Cada vez que libaba, esto es, de tres en tres minutos, se ponía de pie. No por esto dejaba de charlar.—“Para obsequiarme—decía—no podían ustedes haber elegido lugar más a propósito. Este hotel es bueno, la cocina excelente, y desde ese mirador, si hubiese luna, veríamos un paisaje magnífico. Cuando llegué aquí, hace unos momentos, estaba triste; pero ya mi melancolía se desvaneció y dentro del corazón oigo sonar un cascabel. ¡Oh, qué bella es la vida para el hombre que, cual yo, consigue verse a todas horas rodeado de amigos decidores y fraternos!...”—“¡Bravo!... ¡Viva don Eugenio!...”—“Mil gracias, compañeros: y, pues las dos botellas de Rioja, rendidas bajo nuestras caricias, yacen exánimes, opino que bebamos Champagne.”—“¡¡Muy bien!!...”
—Con la maestría de un viejo camarero—prosiguió contando El Barítono—don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya empezaba a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los bordes.—“¡Señores—exclamó—: con este vino, rubio como las trenzas de María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de Francia!...”—“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:—“Gracias, hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar. La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un gran esfuerzo.—“¿Quieren ustedes más vino?—monologueaba—; ¿no?... ¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Nadie responde?...” Abrió los ojos.—“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo: afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de vino le empapó la pechera.—“Gracias—continuó—, este frío hace bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.—“¡Se acabó el banquete!—exclamó—; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con mucho trabajo halló su reloj.—“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!... A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos, que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella estaba vacía.—“¿También tú has muerto?...”—exclamó. La inspeccionó al trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró al suelo.—“Vete—gruñó—, no te necesito; perdiste tu alegría; estás más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira, me acompaña éste...—empuñó el frasco de la Ginebra—; ¿qué te habías figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas, como hay muchos amores. ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de vino; la vida es una suma...—reía—: una suma de amores y de botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “—Yo también—barbotó—sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó un buen buche. “—Por los azotes que recibiste atado a la columna...” Otro buche. “—Por las tres caídas que sufriste en tu calle de Amargura...” Tercer buche. “—Por la corona de espinas que te pusieron...” Nuevo trago. “—Por la herida de tu costado...” Otro, y van cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “—Qué mal me encuentro—balbuceaba—, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!...
El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas.
—Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural. ¡Maldita sea mi suerte!...
—Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero—le repliqué—; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón de ferrocarril, es extraordinario.