En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro—heredero del turbante morisco—ciñe su frente; viste remendado traje de paño pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas.

—Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...—repite orientando hacia el convoy sus ojos muertos.

En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente—¡oh, vergüenza!—una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos, ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna a los trenes.

Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en Madrid, supe que aquella noche El Barítono y yo saldríamos para Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El furgón que me trajo estas noticias—un viejo catalán que yo conocía hacía tiempo—me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou, donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había descarrilado dos “primeras”.

Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son los de “mejor material”—como en la fraseología ferroviaria se dice—y nosotros íbamos siendo viejos.

El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad Condal.

Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos sonreíamos y estrechábamos el uno contra el otro, felicitándonos por nuestra ventura.

—Fíjate—decía mi compañero—en que, por primera vez, nuestros dueños nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos, pues, verdaderos viajeros.

—¿Te duele algo?—le preguntaba yo.

—Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad conservan mis muelles todavía!...