Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi importancia. Estas palabras—¿a qué negarlo?—me halagaban, y en medida igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus movimientos, en la hermosa conformidad de sus perfiles, en su boato interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo—mis dos grandes defectos—nunca me permitieron ver claro en los demás.

Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde siempre ejercí sobre él.

En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud, que experimentamos al sentirnos llevar?...

—¡Ya nos vamos, Cabal!—me gritó El Barítono.

—Sí, viejo—repuse—; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos en Francia.

Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor, exclamó:

—¿No te alegras?

—Sí, que me alegro; ¡mucho!...

En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas a su contento, y hasta me descubrió su esperanza—completamente irrealizable—de rodar algún día sobre los caminos franceses.

—Y si me encuentran viejo—suspiró—que me envíen a un taller de reparaciones y me conviertan en “tercera”.