—¿Serías capaz—interrumpí enojado—de degradarte hasta ese extremo?
—Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo.
Después se quedó triste.
—Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma?
—¿Síntoma de qué?...
—Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos, venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres... somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo, salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire... ¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?...
No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí silencioso y como traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás. En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran, azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte.
—¡Los Pirineos!—grita El Barítono.
—Sí—repito emocionado—. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!...
Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo, que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes—vayan o vengan—han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de “patria”. Ese túnel, para mí, es una lección.