Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba.

A la mañana siguiente, temprano, unos guardavías se acercaron al Barítono y a mí, y les oímos hablar:

—¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?—preguntó alguien.

—Sí—repuso otra voz—, y hay que desengancharlos.

Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí el elegido.

—Nos separan, Cabal—gimió mi compañero.

—Sí, hermano—repuse conmovido—y no imaginas cuánto voy a echarte de menos...

Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme.

—En este momento—exclamó El Barítono—envejecemos un poco los dos: separarse es morir...

—O disponerse a vivir otra vez—interrumpí animoso—; ¡y más vale creer esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre!