El repuso, magnífico y sacerdotal:
—Que la felicidad marche contigo.
Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos, salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la tierra.
XXIV
Si yo tuviese tiempo y memoria—y paciencia también—para trasladar al papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes, tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero, exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.
El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas, cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La Triste—cualquiera de mis antiguas dueñas—atrafagada y jadeante, nos arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación neblinosa—aroma de humedad—que desdibuja las lejanías norteñas, el profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.
Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos enteros de mi vida.
Dentro de mí oigo gritar:
“—¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander, Asturias y Galicia!...”
Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a otro.