En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos, por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de conocerles, y me eché a discurrir:

“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...

Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados de tener algo que contarse.

La mujer decía:

—Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...

—Es de suponer.

—Y que regará el jardín conforme la expliqué...

—Sí, sí, lo regará; no te atormentes.

Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos instantes:

—Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.