—Si recibió tu telegrama...

Ella recelaba siempre; él creía.

—¿Por qué no había de recibirlo?...

Después de un silencio, la mujer exclamó:

—¡Pobre hijo mío!...

El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:

—Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al campo...

De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los periódicos publicaban telegramas.

—¡Pobre mujer y pobre hombre!—pensé.

Les observaba con una atención en la que había más misericordia que curiosidad.