—Afortunadamente—seguí discurriendo—, los hombres, junto a la idea de “patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...
De pronto—¡oh, dragados increíbles de la memoria!—reconocí en mis huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato, gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!... ¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...
—¿Es posible—exclamé—que él haya dedicado entera su vida a ella, y ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...
Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve... ¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como uniformados, sin otra alegría que su amor—que no era “el amor”, sino una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica—. Perdieron su humilde vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo; y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir—aroma de las almas—se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...
Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:
—¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya llegamos.
Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.
—Cosas más graves—repuso—he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves, de mi vida podría sacarse una novela.
Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor.
—¿A cuento de qué viene esa algazara?—atajó.