—Me río—le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía el cuerpo—de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen: “En mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...”
Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso:
—¿Y qué?...
—¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro, porque yo no la aguanto.
—¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la mía... es una novela?...
—Posiblemente.
—¡Luego tengo razón!...
—Mira, Viejo—exclamé—; no te amontones y medita lo que voy a decirte: como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su historia, nadie volvería a comprar un libro.
Amohinado gruñó:
—Si nada te ha sucedido... te felicito.