—¡Al contrario!—interrumpí vivamente—; si no hablo es porque mucho me sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más callados...

Así terminó la escaramuza.

XXV

Mi biografía, toda mi biografía, como si el Destino la hubiese dividido a hachazos, ofrece los aspectos más incongruentes y separados: junto al fragmento ligero y azul, el capítulo rojo; al lado del episodio sentimental o picante, la palidez torva del drama.

Durante aquel último cuadrienio yo había empezado a aburrirme un poco: hallaba mi vivir demasiado uniforme, y achacaba esta escasez de emociones a mis años, que iban siendo muchos. “¡La Aventura ya no me quiere!...”—discurría yo en mis soliloquios, constelados de melancolías y de recuerdos. Y daba por definitivamente acabado el libro de mi vida, cuando la terrible y divina musa “de los ojos de esmeralda”, la que con sus sorpresas envejeció mis miembros de hierro y caoba, tornó a mirarme. Y... ¡de qué modo, con qué fuerza trágica!...

Es una página bermeja y ardiente, como un folletín.

Estábamos en Madrid, y las manecillas del reloj luminoso—ojo de la Estación—que preside el vaivén de los trenes, iba a darnos la orden de partir. Eran las diez y ocho y quince. Todos los coches, apretados fraternalmente unos contra otros, esperábamos la señal: teníamos encendidas las luces; la calefacción, alta; los frenos, bien graduados; las ruedas, engrasadas y prontas al movimiento: La Quisquillosa resoplaba prepotente, y el latir de sus ijares estremecía el convoy. Un viento frigidísimo barría los andenes, casi desiertos, pues era día “de Difuntos” y en fecha tan señalada y que entraña, al decir del vulgo, cierto maleficio, nadie quiere viajar. Los huéspedes del expreso no llegarían, en total, a cuarenta. ¡Mejor!... Vayan estos viajes, relativamente descansados, en alivio y desquite de aquellos en que la aglomeración de forasteros y de equipajes nos obligan a transportar, a cada uno, siete y ocho toneladas de peso.

A la hila del tren, una voz lenta pregonaba:

—¡Almohadas de viaje!...

Y era su cadencia tan monótona, tan lánguida, que invitaba a dormir.