De mis compartimientos tres estaban vacíos. En otro había un matrimonio cincuentón y de empaque burgués, al que la presencia de varios parientes, que fueron a despedirle, retenía asomado a una ventanilla.
Especialmente en invierno estos saludos me molestan mucho, porque me enfrían. Además, son de una hipocresía repugnante, pues, en la generalidad de los casos, todos, así los que se quedan como los que se van, desean separarse. Ya se dijeron cuanto necesitaban decirse; ya varias veces se estrecharon las manos... ¡y el tren no sale!... ¿Qué hacer?...
—Pero... ¡márchense ustedes!—suplican los viajeros.
Los otros responden:
—Nos da pena verles ahí; están ustedes molestándose.
—No es molestia, es placer...
—¡Cuánta amabilidad!...
Las “frases hechas”, los “lugares comunes” de la cortesía y de la emoción, van... vienen... El protocolo de las despedidas ordena que—en un momento determinado—las cabezas varoniles se descubran, y los pañuelos salgan del bolsillo para saludar, y los ojos se nublen de tristeza: y para que este cuadro surta el efecto conmovedor apetecido, indispensable será que el convoy arranque. También las siguientes recomendaciones parecen absolutamente necesarias:
—“Tengan ustedes buen viaje...”