—“¡No dejen ustedes de telegrafiar; no se lo perdonaríamos!”

—“Ya saben que pueden disponer de nosotros.”

—“¡Sí, sí!... ¡Muchas gracias!... ¡Hasta la vuelta!...”

¡Ah!... Cuando considero el mezquino valer de los hombres, sus falsedades, sus perjurios, sus tracerías y el eterno carnaval de sus almas, siento tentaciones de descarrilar.

A la hora exacta, el jefe de estación dió “la salida” al expreso; silbó la locomotora, y partimos. ¡Espantosa noche! La lluvia había formado grandes charcos entre los rieles, y apenas dejamos atrás la marquesina que guarece los andenes, un furioso huracán de nieve nos envolvió. Por dicha, nuestro “visitador en ruta” cerró pronto una portezuela del coche-cama inmediato, que había quedado abierta, y por la cual penetraba una avendavalada manga de aire que iba helándonos a todos. El vagón que corría delante de mí, y al que apellidábamos El Pez, por lo ligero, se quejaba de un eje; yo lo oía chirriar.

—Eso es—hícele observar—un poco de frío; apenas llevemos rodando un rato y entres en calor se te pasará.

Habíamos traspuesto las estaciones mínimas de Vallecas y Vicálvaro, y las amenas praderas de San Fernando, y ya veíamos acercarse las luces tristes y diseminadas de Torrejón. Pasado Alcalá, La Quisquillosa aceleró su correr, y la calefacción aumentó. ¡Qué delicia!... Aquellas oleadas de vapor eran para nosotros lo que para el caminante aterido un vaso de alcohol. El eje de mi compañero cesó de dolerse.

—¿Mejoras?—averigüé.

—Sí—repuso—; ya estoy bien.

—Pues, tira, hermano; porque El Viejo es un maula, y de no ayudarme tú no podré con él.