Hizo lo que yo le pedía, y se lo agradecí: era fuerte y bueno, y más joven que yo; con lo que declaro que me aventajaba en punto a lealtad y buena fe. Vivir es malearse...
Los andenes de Meco y Azuqueca huyeron de nuestro lado como sombras; en Guadalajara hicimos, según costumbre, un alto de cinco minutos, y seguidamente salimos para Fontanar.
El dining-car había apagado sus luces temprano, pues el pasaje, malhumorado, cenó de prisa, que nada acorta tanto la duración de las sobremesas como la melancolía. Los escasos inquilinos de los vagones-camas también mostrábanse soñolientos. En los coches de mi clase, los largos tránsitos aparecían desiertos y fantasmales, sacudidos por la marcha crepitante del convoy. Pasaron las estaciones de Junquera, Humanes, Espinosa, Jadraque, Matillas... y en Sigüenza, la vetusta, recogí un viajero. Distinguí su silueta mucho antes de que llegásemos a la estación, pues en el andén solitario no había más persona que la suya. Era un hombre como de treinta años, bien vestido y de gentil presencia, y advertí una nerviosidad, una precipitación de fuga, en su modo de ganar mi estribo y abrir la portezuela. Aquel individuo, evidentemente, huía de alguien: sus pupilas fulgían como las del “bello Raúl”, como las de Dommiot, como las de Cardini, el italiano... Ya en el pasillo, bajó un cristal y sacó la cabeza, observando espaciosamente a un lado y otro, cual receloso de que alguien hubiera subido al convoy; y así, en esta actitud de vigilancia implacable, permaneció hasta que dejamos la estación y comenzó a ser procelosa la velocidad de nuestro correr.
Entonces buscó uno de mis departamentos vacíos, y un gesto que hizo y el suspiro que se le escapó de la garganta me descubrieron su satisfacción de hallarse solo. Reducíase su bagaje a un maletín pequeño, que colocó en la red, y a un portamantas cuyas correas empezó a deshebillar. Sin razón, y acaso por obra sigilosa de un presentimiento—esto lo razoné más tarde—, redujeron mi curiosidad a esclavitud la lozana juventud de mi huésped, la vivacidad de sus grandes ojos novelescos, la abundancia de sus cabellos negros y naturalmente ondulados, la sólida complexión de su espalda y la elegante anatomía de sus manos y de sus pies.
—He aquí un hombre—medité—con quien el Amor no debe ser esquivo...
Apareció el interventor y pude enterarme de que el nuevo viajero iba a Barcelona. Al quedarse solo, el desconocido extinguió las dos luces del compartimiento, cerró la puerta y corrió todas las cortinillas. Hecho esto se acomodó en un ángulo, arrebujóse en su manta y alargó ambas piernas sobre el asiento. Volvió a suspirar, como quien sufre una pena o un temor secretos, y apagó en mi cenicero el cigarrillo que estaba fumando. En la obscuridad su figura desapareció casi por completo: únicamente sus botas de charol, flamantes—bien lo recuerdo—recogían no sé qué vagarosa claridad que llegaba a ellas desde el pasillo, y yo las veía fosforear en la tiniebla como azabaches. ¿Quién era aquel tipo, qué interés podía haber en su vida? Le comparé con don Rodrigo y le juzgué, incontestablemente, más hermoso que el amante de Raquel, pero también menos distinguido, porque era menos “raro”. Minutos después le oí roncar sonoramente y, yo mismo, traspuesta la estación de Arcos, me quedé dormido. Muchas veces los viejos vagones, con nuestra inveterada costumbre de rodar en traílla, y la seguridad de que la locomotora cuida de nosotros y no nos dejará equivocar la ruta, caminamos inconscientemente, y es este automatismo lo que nos permite ratos sabrosos de duermevela.
Una voz que gritaba:
—¡Alhama!... ¡Un minuto!...
Interrumpió a medias mi reposo: pero La Quisquillosa recobró su marcha y mis poros, mal despabilados, volviéronse de nuevo impermeables a la sensación, y mi conciencia tornó a inmergirse en las negruras insondables del no pensar.
Mucho tiempo transcurrió antes de que un pregón y una ruda presión de los frenos, me despertasen. Por añadidura mi vagón zaguero—El Viejo—acababa de darme, al detenerse, un fuerte encontrón; sin duda iba dormido. Reconocí la estación de Calatayud, callada y horriblemente triste bajo un abundantísimo aguacero. Ni un ruido. El jadear de la máquina desgarraba el silencio, y turbaba como el latir de un corazón. Al mismo tiempo, me pareció ver una sombra que trepaba al último “primera”, por el lado de la entrevía, lo cual me demostró que quien fuese cuidaba de no ser visto, y acaso intentaba viajar sin billete.