Media hora más tarde llegaba a mí con pasos aduendados y por el tránsito que me ligaba al Viejo, una mujer alta, de líneas esbeltas, que disimulaba sus facciones bajo un alucinante manto negro. Un extraño soplo trágico la animaba, la precedía...; la vi adelantarse por el corredor y unos segundos pude admirar sus manos blancas, la energía aguileña de su rostro, y el nimbo leonino que ceñían a su frente sus cabellos dorados: unos cabellos encrespados y magníficos, calientes y luminosos como hilos de sol. Brillaban con resplandor propio; vivían; no recuerdo haber visto nunca otros más bellos...
La desconocida detúvose ante mi primer departamento, cuya puerta descorrió suavemente; encendió una luz, miró rápida y, sin ruido, volvió a cerrar. En el departamento contiguo hizo lo mismo: abrió la puerta, asomó la cabeza, esquivóse de nuevo... Era evidente que buscaba algo. De repente asocié aquella pesquisa a la figura del viajero que subió a mí en Sigüenza.
—Le busca a él...—pensé.
Y tuve miedo, pues adiviné que algo siniestro iba a consumarse. Sobresaltado llamé la atención de mi compañero.
—Escucha, Viejo, y ayúdame a salir de dudas: ¿has visto pasar una mujer alta, vestida de negro?
—Sí; subió al tren en Calatayud, por la parte de la entrevía...
—La misma.
—Como si viniese huyendo...
—¡Exacto—exclamé—, todo eso lo pensé yo!...
—En el último vagón permaneció un buen rato; pasó después al otro, y luego a mí, donde el interventor la pidió el billete.