—¿Llevaba billete?

—Hasta Barcelona. En mi pasillo aguardó a que el interventor se fuese, y entonces registró, uno a uno, mis departamentos. Tiene cara de loca. Después se marchó. ¿Sabes dónde está?

—Aquí.

—¿Contigo?

—Sí.

—¿Qué hace?

—Busca.

La dama enlutada, efectivamente, proseguía su investigación, y en el tránsito solitario y bajo el claror pálido y trepidante de las lámparas, su silueta cobraba una virtud fantasmal. En su rostro lívido, sus ojos negros tenían la expresión del drama. El Destino, lo Inevitable, miraban con ellos.

El Viejo, intrigado, me preguntó:

—¿Se fué ya?