—No.
—¿Qué hace ahora?...
—Busca... ¡calla!... déjame ver...
La misteriosa desconocida empujaba en aquel instante la portezuela del departamento donde “el viajero de Sigüenza”—le designaré así—dormía. ¡Oh, si yo hubiese podido despertarle!... Fueron unos segundos espantosos, uno de esos momentos en que nos parece oir a la Muerte caminar de puntillas, y dentro de nosotros toda nuestra alma acongojada adquiere el perfil de una interrogación.
La intrusa, apenas encendió, tornó a apagar, y, favorecida por la claridad del corredor, avanzó. Su brazo derecho extendido, que ahora, bajo el manto, parecía una enorme ala maléfica, esgrimía un puñal cuya hoja limpia pintaba en la penumbra un sutil triángulo de luz. Agachóse para mejor ver, y ahogando el aliento. Adelantó la cara, en cuya lividez eucarística los labios temblaban... Luego, con recio ímpetu, apoyó su mano izquierda en la boca del durmiente, para a la vez que le impedía gritar y le tapaba los ojos, obligarle a echar la cabeza hacia atrás; y cuando le tuvo así, mudo y cegado y con la garganta bien de manifiesto, de un solo golpe cruel le degolló. Hundióse el cuchillo hasta la cruz, y, al salir, por la herida brotó un chorro caudal de sangre, purpúreo y ancho como una lengua.
Segura de haberle matado, la homicida, con repentina presencia de ánimo, enredó al alfiler que brillaba en la corbata del finado un largo cabello negro que preparado traía con este objeto, tiró el arma a un rincón y escapó. Al llegar al término del pasillo penetró en el cuarto-tocador, se lavó las manos y volvió a salir. Nadie la había visto. Sin perder instante abrió mi portezuela correspondiente a la entrevía, bajó al estribo y saltó a tierra fácilmente, pues íbamos llegando a la estación de Casetas y el convoy corría a menos de un cuarto de marcha.
Sentado, el occipucio apoyado contra una de mis cabeceras, la víctima, lívida y bermeja a la vez, no se había movido. A su alrededor y como nimbando su blancura mortal, todo aparecía tinto en sangre: el diván, el respaldo, la alfombra...
La presencia de aquel cadáver cuyo rostro, de minuto en minuto, era más blanco, me causaba indecible terror; añádase a esto la sensación de la sangre que me empapaba y rápidamente iba enfriándose. Sentía miedo, pena... y también un poco de asco. En los primeros instantes sólo compadecí al hombre; luego díme a meditar en la matadora, y a tener piedad de su dolor. ¿Qué desesperada historia se había desenlazado allí?... Y aquel cabello negro, ¿con qué objeto fué enredado en la corbata de la víctima, y a quién perteneció?... Instintivamente mi conciencia hidalga poníase de parte de la mujer y votaba en favor suyo.
“Cuando ella se decidió a segarle la garganta—pensé—es porque antes él, a mansalva, la habría acuchillado el corazón. Entre amantes, una puñalada es muchas veces la liquidación de una deuda.”
Apenas el expreso salió de Casetas, referí al Pez y al Viejo lo ocurrido, y aquél tanto se asustó con la idea de que un muerto le seguía, que comenzó a cabecear y a querer zafarse de mí. Un buen tironazo que le administré, para castigarle, le devolvió el juicio. No se enfadó por ello.