—¿Está muy pálido el cadáver?—balbuceaba.

—Mucho; parece de cera; parece también que el rostro se le ha enflaquecido.

—¿Y frío?... ¿Notas tú que está frío?...

—Sí: el frío de su carne es, por instantes, mayor: rato hace que traspasó sus ropas y empezó a invadirme... Ahora me penetra y llega muy hondo dentro de mí. ¡Es horrible!...

La noticia corrió velozmente de punta a punta del convoy, y los datos aportados por mis compañeros ratificaron cuanto, momentos antes, El Viejo me había dicho. La desconocida emprendió su trágico éxodo agarrándose a uno de los estribos del último vagón, en cuyo cuarto-lavabo estuvo encerrada más de una hora, de lo cual nuestro camarada coligió que aquella mujer, no obstante su bonísima traza, escondía un misterio. Después dejó su escondite, ojeó todos los departamentos y pasó al segundo coche, donde hizo lo mismo.

—Yo, cuando la vi adelantar por mi pasillo—exclamó El Viejo—tan alta, tan delgada y envuelta en aquel largo manto negro entre cuyos pliegues los ojos la relucían como linternas, pensé que la Muerte había entrado en mí.

—¡Y era cierto que entraba—comenté—, porque el amor y la codicia son las dos sonrisas de la Muerte: cuando la Muerte no quiere asustar a los hombres y sí sólo perderles, se hace Dinero o se hace Mujer!...

En Zaragoza, donde debíamos permanecer veintiún minutos mientras cambiábamos de máquina, sólo recogimos tres pasajeros, que subieron a los coches-dormitorios, situados a la cabeza del tren. Eran las dos de la madrugada. La Quisquillosa, que no pasaba de allí, se había desligado de nosotros, y el convoy quedó inerte y como acéfalo. Todos los vagones, inmergidos en tinieblas, parecían dormir, amodorrados por el cansancio y el frío. El Viejo y El Pez también se habían sosegado. Solamente yo velaba, y, a poder, hubiera pedido socorro con resonantes voces. Aquel difunto, cuyo rostro adquiría aún, por momentos, una albura de sudario, me helaba: ni don Rodrigo, ni aquel argentino tan misteriosamente asesinado en la línea de Sevilla, tenían su expresión: yo no quería verle, y, sin embargo, ni un segundo mi curiosidad se apartaba de él. Como acabó sin agonía, la muerte no había desconcertado la paz de sus facciones: los labios quedáronle entreabiertos, y la visera de la gorra le tapaba los ojos; pero los dedos de sus manos yertas y blancas—más que blancas, traslúcidas—sobre el fondo purpúreo de su traje cubierto de sangre tenían una expresión fascinante: estaban torturados, contraídos, retorcidos espantosamente: raíces parecían...

Un golpe inesperado me reveló que La Ronca—padecía este remoquete por lo mal que silbaba—se había unido a nosotros. Ibamos a partir, y me alegré, porque el movimiento debilita la voz de las ideas. En seguida... lo de siempre: una campana, un pito, una voz soñolienta, automática, que ordena: “Señores viajeros... ¡al tren!...”, la locomotora que lanza un alarido corto y bufa, y el convoy que recobra su andar...

El crimen perpetrado entre Calatayud y Casetas se descubrió al hacerse la nueva requisa de billetes, ya pasado El Burgo. Inmediatamente el inspector manejó el timbre de alarma, y el expreso paró. Por segunda vez la noticia, semejante a una mariposa roja, voló de un extremo a otro del tren: despertados insólitamente todos los viajeros, algunos a medio vestir, precipitáronse fuera de sus departamentos y corrieron a mí. En mi corredor los curiosos se apiñaban, se oprimían y alargaban el cuello, con el ansia impaciente de ver. Los que hubieron la fortuna de obtener un puesto frente al teatro del atentado, enmudecían de espanto y no sabían disuadir los ojos del cadáver, cuyas facciones, ya endurecidas, parecían, bajo mis luces, de transparente mármol.