Como nada podía hacerse, el revisor cerró el compartimiento y el convoy persiguió su camino a gran velocidad para recobrarnos del tiempo perdido. En Caspe nos detuvimos, y por teléfono el jefe de estación llamó al Juzgado, que inmediatamente acudió y procedió al “levantamiento del cadáver”. Secundado por el escribano, el juez tomó circunstanciada declaración al inspector, al “ruta” y a varios pasajeros. El interrogatorio fué baldío; nadie sabía nada. Lo único cierto era que el asesinado tomó el tren en Sigüenza con propósito, según su billete de viaje acreditaba, de ir a Barcelona.

En la cartera de la víctima se halló una cédula extendida a nombre de Antonio del Rey, varias cartas, a las que, por abreviar tiempo, no se dió lectura, y cuarenta mil pesetas en billetes del Banco: detalle este último que evidenciaba no ser el robo el móvil del asesinato. El juez advirtió en seguida el largo cabello negro—cabello de mujer joven—prendido al alfiler de corbata del finado, lo que estimó un dato revelador precioso; también examinó cuidadosamente el cuchillo, que era nuevecito y de los mejores y más bellos que producen los famosos armeros toledanos. En el acto, la presunción de un crimen por celos iluminó el espíritu de los circunstantes.

—¡Y es una mujer morena—exclamaron a coro—quien le ha matado!...

Alguien dijo que ninguna mano femenina era capaz de asestar una puñalada así. Pero el voto contrario y unánime del público movióle pronto a cambiar de opinión. Mujer tenía que ser la autora del crimen. ¿Cómo, si no, explicar la presencia de aquel cabello? Precisamente ese cabello era “el hilo” del sangriento ovillo, el rastro que la homicida olvidó tras sí. A este dato añadíase otro no menos significativo, a saber: la primorosa belleza del cuchillo: era un arma genuinamente femenina, elegante y de persona rica. A un hombre, para vengarse, no se le ocurre comprar un objeto tan lindo.

Alrededor de la imagen de una mujer “morena y joven”, por todos aceptada, los comentarios se devanaron inagotables.

“Ella” debió de subir al tren en Sigüenza, sin que “El” lo advirtiese; aunque, de estar noticiosa de su viaje—suposición muy admisible—pudo salirle al encuentro en la estación de Arcos, o en la de Alhama... y, hallándole dormido, le degolló. Después se quedaría en Calatayud...

La razón del crimen volvía obsesionante a los espíritus. Evidentemente, aquella mujer había matado por celos. Antonio del Rey, al recibir la puñalada, no se defendió; acaso la muerte fué tan instantánea en él que se adelantó al dolor; finó sin sufrir: lo proclamaban así sus ojos cerrados y la serenidad y compostura de su actitud.

Respecto del cabello enredado al alfiler de la corbata, alguien dijo—y sus palabras merecieron la aprobación general—que, una vez su venganza satisfecha, “Ella”, como Salomé, sentiría el deseo de besar los labios yertos del adorado—¿no anduvieron el Amor y el Crimen siempre juntos?—y, al inclinarse para hacerlo, sus cabellos se agarraron al alfiler y una hebra, que sería brújula entre las manos de la Justicia, quedó prendida en él. El señor juez se acordaba de Teseo, y estaba encantado...

Asistiendo a estas divagaciones folletinescas, pero muy verosímiles, de la imaginación popular, yo me desesperaba. ¿Cómo decirles?... “La criminal es rubia; su cabeza parece una brasa: ese cabello negro de cuyo hallazgo tanto se ufanan ustedes, lejos de ser un rastro, es una traición, una trampa, un ardid, para despistar...” El único que lo sabía todo era yo, y no podía hablar. ¡Ah! ¿Cuándo los hombres que tantos inventos inútiles hicieron, descubrirán el modo de comunicarse con los objetos que comparten su vida?... ¿Habría robos si las cajas de caudales supieran pedir socorro? ¿Habría adulterios si hablasen las alcobas? ¿Cómo los sabios acosadores tenaces de la Verdad, no pensaron en esto?... Porque entonces... ¡sí que la Mentira se iría del mundo!...

Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez instructor se proponía practicar en mí.