—Le gusta viajar solo y procura aislarse—meditaba yo—; ¡bien se advierte en él a un refinado!...
¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un “Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:
—¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...
El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:
—Estoy helado—gemía—; todavía no he conseguido que mis ruedas entren en calor...
En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las puertecillas cerradas.
—Podemos meternos aquí—propuso uno de ellos—; no hay nadie.
Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:
—Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de ir vacío.
Yo pensé: