—¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su tabaco...

Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando, reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:

—Buenas noches...

Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a decir:

—Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.

Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:

—¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.

Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:

—Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa prohibición espanta al público.

Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.