—¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!—exclamó el más viejo—. ¡Y ya ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...
—En Italia—comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”—es “vietato fumare” hasta en los cementerios—a cuyos pobres huéspedes parece que ya ningún daño había de hacérseles—y en los trenes a los “fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras mujeres—y esto es decisivo—las gustan los fumadores...
Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su billete, preguntó burlón:
—¿Podemos seguir fumando?
El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:
—Mientras a ustedes no les haga daño...
Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a reir.
El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.
A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya belleza—y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa—llamaba fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del dining-car empezó a recorrer el tren informando al público de que “la primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se dirigió al comedor.
En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar voluntades.