—Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan nuestras camas—decían—se conocieron en él.

Según supe después—los vagones nos lo contamos todo—la protagonista del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que—según expliqué en otro lugar—veo y oigo por todos mis poros.

—En pasando Segovia—murmuró ella—puede usted venir...

Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:

—Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien perfumada?

—Sí; acaba de volver del comedor.

—¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con hechuras de boxeador?...

Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.

—¡Bravo!—exclamó jovial—; me juego una rueda a que esta noche le tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...

Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le esperaba.