—Entre...—susurró desde dentro una voz.

Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.

—Un hombre como él—pensé, jugando con la frase—es siempre un “reservado para señoras”...

Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje una mujer sola.

En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento que los interventores procuran conservar vacío para, después de terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.

¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis dependencias, la más sucia?...

Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que ni siquiera se acuerdan de lavarse.

Del grupo primero hay uno—casi siempre hombre—que, no bien comienza a despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de utensilios de aseo, y se encierra—se atrinchera, mejor dicho—en el cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa interior, y a pulirse las uñas.

Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al Water-Closet y al cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” comienza a impacientarse. Una voz interroga:

—¿Pero todavía no ha salido nadie?