Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren de la Vida nos da ejemplo a todos...
Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos “con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción morbosa sobre mí.
—Luego sabré de qué se trata—pensé.
Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre mis asientos.
A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha: varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad barcelonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la mañana, Mercedes recibió una carta, que—al decir de una criada—la joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida. Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas, una de ellas en el corazón.
Comentando el hecho, añadía un periódico:
“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado misteriosamente en el expreso de Madrid.”
Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro.
—“Entonces—exclamé—es Emma Sansori quien la ha matado.”
No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego, “Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te retratas, a veces, en tus hijos!...