Y llego al desenlace de este folletín, que parece escrito por la misma inexorable mano de la Fatalidad.
Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal, en la que la Muerte parecía haber dejado una llave...
La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente, donde—pronto haría un año—apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí? ¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen, ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes, ¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?...
Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori—como si magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella—comenzó a darse cuenta de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo, y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al desierto corredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel, así en el de Emma apareció la cabeza—únicamente la cabeza—del asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos? ¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de la sangre que ella adoró y por la que hubiese dado la suya...
Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con la puerta, y la rudeza del golpe—que a mí también me hizo daño—la derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos.
—Antonio... Antonio... Antonio...—musitó tres veces.
De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su serenidad, pero su alma estaba en tinieblas.
—Va a suicidarse—pensé.
Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro.
Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio. Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada. Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos, semejantes a una llama, en la ingente tiniebla, y fueron como un coágulo de sol que bajase al abismo.