De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme! Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al “cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle mi laceria. Yo pensaba, aterrado:
—Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me destinarán a ser quemado?
Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos, aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid—llamada también del Sepulcro por su proximidad al Campo de este nombre—nos llevaron a unos vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad de innumerables martillos llenaba de estrépito.
“Este es nuestro “spoliarium”—me dije—; mi historia de gladiador de los caminos, aquí acaba.”
Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que manos diestras y buenas—o más que buenas codiciosas de arrancarle a cada coche inválido su máximo de producción—pretendían hacer conmigo.
A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este coche todavía está bien; quedará como nuevo.”
Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son mis asesinos—pensé—sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción, me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos dolores me amenazaban.
Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada. Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor ruido era campanudo y resonante.
Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien, enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y unos zapatos nuevos...
Esta inmensa alegría—júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento—da la medida fiel del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de “primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”.