Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus pergaminos?—decía aquélla—; lo importante es vivir, ser jocundo, ser sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te esperan aún?...”
Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme. Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises, aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis abrazaderas, mis mesitas y mis ceniceros, desaparecieron, y en el rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y, por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y todo—solado, techo, tabiques, asientos—pintado de un color amarillo obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número “tres”.
—¿Cómo ha de ser?—meditaba yo—; ¡paciencia! Están vistiéndome de blusa...
Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor” que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir viviendo, hubiese aceptado un empleo.
De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban:
—¡Qué distinguido es!...
Y los “terceras”:
—¡No parece de los nuestros!...
Seguro de la nobleza de mi origen, entre los unos y los otros yo pasaba ufano. Ahora, como antes, yo era “El Cabal”...
Después de medio año de reposo y de encierro, aquel primer viaje me causó extraordinaria alegría. Como antaño, de mozo, fué el paisaje lo que antes me cautivó. Por la mañana no me cansé de mirar los árboles, las casas, los repechos áridos sobre los cuales el sol proyectaba las sombras de los coches y de la máquina, con su largo penacho de humo. Toda la tarde corrimos por la llanura: siempre igual paisaje mezquino, las mismas aldehuelas de color arcilloso, las mismas carreteras polvorientas, y, como horizonte, una línea de montes fragosos; mientras nosotros, los esclavos de la vía férrea, adelantábamos por el mismo camino recto... recto... inexorable como una orden. Las viejas impresiones, tan amadas, se repetían exactas. Anochecido llegamos a una pequeña estación—¿qué importa el nombre?—, donde permanecimos “un minuto”. La gente nos mira, nos envidia; nos envidia porque nos vamos, y, como en todas partes, un grupo de muchachas endomingadas sonríe a los viajeros. Suenan una campanada y un silbido: partimos... Ahora el campo se ha cubierto de sombras: nada se ve, pero el estrépito de nuestra carrera, los ecos que responden a los ¡alertas! de la locomotora, dicen que el panorama ha cambiado y que rodamos entre montañas. A intervalos, cuando el fogonero abre el horno para echar carbón en él, la entraña ardiente de la máquina arroja, a derecha e izquierda de la vía, un lampo rojizo que parece un presagio. La dirección del viento ha cambiado; hace frío; luego empieza a llover, y el agua y el carbón mezclados nos ensucian deplorablemente. Todo es húmedo, todo es negro... De pronto, la emoción calofriante de un puente tendido sobre un tajo cuyo fondo no se ve; después, la tiniebla de un túnel: grita el vapor, vamos cuesta abajo y los frenos arrancan a nuestras ruedas alaridos horrísonos; asordece el fragor con que nuestros topes se golpean, y la montaña granítica tiembla y parece abrirse. Al fin salimos de su entraña, y, bajo la lluvia, la huída delirante continúa a través de otros montes y sobre otros puentes...; hasta que, al día siguiente, recogidos ya en el reposo de la estación terminal, el sol, con su calor, nos enjuga y nos limpia.