XXVII

Todas estas impresiones, que yo de antiguo conocía, sólo me entretuvieron durante las veintiséis horas de mi viaje primero. Quienes me interesaron y divirtieron grandemente fueron mis nuevos huéspedes, tan distintos de aquel mundo de aristócratas, empleados distinguidos, militares de graduación, artistas, toreros en boga y comerciantes ricos, que me habían frecuentado. Mi público de ahora lo componían “los de abajo”: obreros, trabajadores del campo, soldados, criadas, emigrantes... ¡los que tocaron a más en el reparto del universal dolor!...

Al principio me molestaban: les aborrecía porque iban descalzos, en su mayoría; porque olían a sudor; porque hablaban a gritos y se empujaban unos a otros, así para subir como para bajar, y salpicaban la conversación más trivial de interjecciones y blasfemias; les odiaba por ir siempre cargados de alforjas pestilentes y de gallinas; porque se estiraban los brazos y trataban a las mujeres sin respeto, y ahincaban clavos en mis paredes para colgar sus atadijos, y me emporcaban horriblemente con sus salivazos y los residuos de sus meriendas.

Después, según fuí conociéndoles, comencé a estimarles: de sus toscas apariencias nada quiero explicar; peores no podían ser; su salvaje rudeza constituía entre ellos donaire y testimonio de masculinidad. Yo les oía discurrir: decir de alguien que era “muy bruto”, equivalía a considerarle muy noble, muy sin doblez, muy llano, muy bravo, “muy hombre”, en suma... Pero bajo esta caparazón troglodítica las almas—¡oh, milagros de la raza!—se conservaban limpias y, aunque violentas, las señoreaba una innata hidalguía: eran afectuosas, generosas, sencillas, y en tocándolas en los registros del valor o de la caridad, todas respondían. Así en poco tiempo conseguí perdonarle sus groserías a ese pueblo infeliz que, si peca de ineducado y analfabeto, es porque nadie se cuidó de educarle, y si anda—con escándalo de los extranjeros que nos visitan—sin camisa y descalzo, no es porque huya del trabajo, sino porque la rapacidad del caciquismo, de un lado, y de otro la incomprensión y dejadez de sus gobernantes, le tienen desnudo.

El pueblo, por ventura de los que lo mandan, es inconsciente; quiero decir que no mide bien su infelicidad, ni ha noción precisa del dolor que le rodea, ni de las mil negaciones seculares que pesan sobre él; nunca meditó—¿cómo, si nadie le enseñó a pensar?—que la vida es algo más que un jornal y una mujer... Y, merced a eso, a que no discurre, es bullicioso y comunicativo, y fraterniza pronto.

¡Lástima que los prohombres de la política siempre que salen de Madrid lo hagan en coche-cama! Pues a viajar en “tercera”, siquiera una vez, habrían podido acercarse al infinito dolor nacional y experimentado el sonrojo de sus torpezas y el ansia de remediar tanto daño, convencidos de que ser ministro en un país como el nuestro, o es una vergüenza o es un sacrificio. Hubieran sufrido, como yo, con la incultura y total abandono de esa plebe, y visto correr el río de lágrimas que dejan tras sí los emigrantes que se lleva el hambre y los millares de soldados que pide la guerra. ¡Ah, señores políticos! ¡Si ustedes supiesen cómo se llora en los andenes de los pueblos, cómo la desesperación retuerce los brazos y hace gritar, y cómo las madres, las esposas y las hijas maldicen al tren que se lleva a sus hombres... y corren luego tras él hasta caer, ensangrentadas, sobre los rieles!...

Estos cuadros de sufrimiento me ayudaron a estudiar la psicología del pueblo hispano, que pide al milagro la salud que no halla en la tierra. Yo, en cierta ocasión, llegué a Barcelona cargado de emigrantes que iban a embarcarse, unos para Buenos Aires, otros para Cuba, y al día siguiente regresé a Madrid abarrotado de peregrinos que volvían de Roma. Lo he observado: en las almas el dolor aumenta las calorías de la fe, y cuanto mayor es el abatimiento económico de un país, con mejor éxito sus congregaciones religiosas organizan peregrinaciones y romerías. Lourdes y Roma son los dos grandes Sanatorios adonde los enfermos de la fe acuden a remediarse; aunque tengo entendido que las curas que allí se realizan no son definitivas, pues, transcurrido algún tiempo, los pacientes necesitan volver...

A pesar de la amargura de estas consideraciones, no negaré que mi vida actual es más ruidosa y pintoresca que lo fué nunca. Antes yo ambulaba a través de España lleno de silencio; mis clientes eran discretos, reservados y elegantes, y la elegancia siempre conversó en voz baja: aquellas personas se parecían, sonreían sin ruido, gesticulaban sobriamente y casi siempre se hallaban de acuerdo en toda clase de cuestiones. En mis huéspedes de ahora el buen humor, como la cólera, son estridentes; sus emociones no conocen matices ni perspectivas; todas, las pequeñas como las grandes, son “primeros términos”; diríase que llevan el corazón a flor de piel. A porfía gritan, bracean, se atropellan, fraternizan o riñen: no conocen la brida.

Yo me recreo mucho con ellos. Vamos a detenernos “un minuto” en una estación, que puede ser Torralba, o Ariza, o Puebla de Híjar... y desde que “entramos en agujas” veo cómo cuatro o cinco individuos sobrecargados de alforjas, de mantas, de botijos y cestas, y a quienes quince o veinte personas más van a despedir, corren, sin saber exactamente por qué, a lo largo del andén. Nerviosamente todos gritan, se apretujan y sus brazos se mueven como aspas: las mujeres son pequeñucas y cetrinas; los hombres, enjutos y de color terroso también, llevan chaquetas y calzones cortos de paño pardo, y a falta de sombrero se ciñen con un pañuelo la rapada cabeza. Apenas el convoy se detiene, aquella multitud, que no sabe leer, arremete instintivamente contra las unidades de lujo, por parecerles mejores. El interventor y los rutas les gritan:

—¡Ahí no, brutos!... ¡A “tercera”!... ¡Ustedes a “tercera”!...