Ellos miran a una y otra parte, afligidísimos, desorientados; al fin, comprenden, y en avalancha se precipitan sobre mí. Yo voy “completo”; no queda en mí un solo asiento vacío, y, sin embargo, mis ocupantes, a pesar de comprender que con esto perjudican su comodidad, se aperciben a favorecer a los que llegan. En los vagones de categoría no existe esta hermosa solidaridad: los pasajeros son fríos, individualistas, y, lejos de ayudarse, procuran estorbarse oponiéndose mutuamente una resistencia pasiva. Las gentes “de tercera”, por el contrario, se sacrifican unas a otras, y con recias voces sinceras se llaman:

—¡Aquí, aquí es!...—gritan los de dentro.

Y echando el cuerpo fuera de las ventanillas ayudan a izar las desvencijadas maletas, los cestos llenos de frutas, las botas hinchadas de vino, los colchones repletos de ropas y atados con cuerdas, los incontables bultos de diversos colores y perfiles que constituyen la impedimenta de sus nuevos compañeros de viaje. Estos, entretanto, apresuradamente, se despiden de sus familiares: los ojos, así de los que se van como los de quienes se quedan, se arrasan en lágrimas vehementísimas; los brazos se enlazan y las manos se crispan sobre los cuellos.

—¡Hija de mi alma!...

—¡Madre, otro beso!...

Al principio estos adioses me enternecían, me parecían definitivos; más tardé, cuando supe que muchas veces el viajero que así se despedía debía quedarse en la estación inmediata, la ninguna razón de aquella desbordada pena me inspiraba risa.

El tren rueda otra vez. Voy totalmente lleno de personas y de bultos, y mi ambiente, impregnado antes de olores agradables, apesta ahora a gallinas, a pescado, a melones, a queso... De los viajeros que no hallaron plaza, unos se han acomodado sobre sus trebejos, otros permanecen de pie, y todos, a la vez, fuman y hablan. Nadie quiere ignorar lo que concierne a su vecino, y recíprocamente se descubren y confiesan sus nombres, sus ocupaciones, la familia que tienen, el lugar adonde se dirigen y el porqué de su viaje...

De pronto, uno exclama:

—¡Moño!... ¡No diga usted más!... ¡Ya sé con quién estoy hablando!...

A su interlocutor, con esta adivinación súpita, se le alegra el rostro.