—¿Usted no es don Fulano?...

—Ese es mi nombre.

—¿El casado con la Mengana, la del almacén de comestibles de junto a la iglesia?

—El mismo.

—¡Acabáramos, hombre!... ¡Bien decía yo que nos habíamos visto en alguna parte!...

Entretanto, y si la hora de comer es llegada, las meriendas salen de sus cestas, las botellas y las botas de vino corren de mano en mano, y la virtud expansiva del mosto acelera la labor de simpatía que inició la conversación. El pueblo español es dadivoso, no obstante su pobreza, y cada cual brinda, de corazón, a los circunstantes lo poco que tiene: éste ofrece un racimo de uvas, aquél una hogaza, estotro una tortilla o un plato de patatas al horno; quién reparte cigarrillos... Con el regocijo que acarrea el buen beber, las lenguas no sosiegan, cunde la hilaridad, se habla de unos compartimientos a otros, se oye el rasgueo de una guitarra, y pronto aquella multitud, unida por la vida de pobreza común a todos, parece una familia. Un grupo de mozos ha empezado a batir palmas; suena una copla...

En este momento aparece el revisor, y, a la vez, fulminante, virulenta, surge una disputa. ¿Por qué?... No se sabe. En “primera” las trifulcas son raras; en “tercera” no, porque aquí todo es impulso. Una voz, sin gritar, con esa templanza que usan los hombres para retar a la Muerte, ha dicho:

—Yo, cuando el caso llega, le parto el pecho al Hijo de Dios.

Y otra voz, igualmente mesurada, ha respondido:

—Vamos a verlo, si usted quiere, ahora mismo.