Todos los viajeros se han puesto de pie, y el cantador, por oír, no ha terminado su copla. Las mujeres, acostumbradas a obedecer, dóciles, con una docilidad de muchos siglos, no se mueven de sus asientos y esperan, sin miedo, a que pase el drama. Por fortuna, el revisor interviene a tiempo: grita, amenaza con mandar detener el expreso y llamar a la Guardia Civil—yo volví a acordarme de Dos-Caras—y, al cabo, se impone: los beligerantes se encalman, sus rostros se suavizan y una frase graciosa, lanzada por cualquiera, pone término venturoso a la cuestión. El interventor, sin embargo, insiste; quiere consolidar su obra de pacificación:

—Antes de pegarse—dice con aire autoritario—cada cual debe hallarse convencido de sus derechos, y para eso es necesario conocer el “Reglamento de los ferrocarriles”. ¿Por qué no se toman ustedes el trabajo de leerlo? ¿No lo tienen ustedes ahí?...

Su diestra extendida señala hacia un “Reglamento” colocado debajo de uno de los entrepaños para bagajes. Unánimes los circunstantes siguen con los ojos aquel ademán, y hay un silencio. Alguien, de pronto, exclama regocijado:

—¿Que leamos en ese cuadro?... ¡Vaya una gracia! Por mí, puede llevárselo la Compañía: ¡yo no sé leer!...

Otro añade:

—¡Toma!... ¡Ni yo tampoco!...

La concurrencia rompe a reir, y yo me apresuro a seguir su ejemplo por no llorar ante la alegría de tanta ignorancia.

Otro de los pequeños episodios de que entonces fuí testigo, y que juzgo digno de recordar por la enseñanza que hay en él, es el viaje de un joven matrimonio belga que recogí en Barcelona. Se dirigían a Madrid. Fueron de los primeros en subir a mí, con el deseo evidente de poder instalarse bien, y ambos se acomodaron cerca de una ventanilla y dando el rostro al camino, pues la esposa—luego lo supe—se mareaba. Llevaban una maleta, una cajita de bombones y una botella con agua, y todo lo colocaron sobre el entrepaño de los equipajes y en el lugar correspondiente a sus asientos. Eran dos tipos de traza insignificante, pero sus vestidos obscuros, aunque modestísimos y harto usados, estaban perfectamente limpios. Ella era pequeña, delgadita y medio rubia, y el único atractivo de su cara pecosa estaba en la expresión complaciente de los ojos. La nariz, la boca, no valían nada, y sus manos secas, que habían trabajado mucho—las uñas lo decían—, tenían inclinación a cruzarse. El marido también era parvo, y había algo cómico en su fisonomía, de pómulos rosados y alargada por una barbita negra, cortada en punta, sobre el lazo flotante de una chalina. Sus botas toscas, recién embetunadas, relucían bajo el asiento. El cogió una de las manos tristes de su compañera, y preguntó:

—¿No tendrás hambre?

Ella repuso, sonriendo: