—No; el azúcar alimenta...
Y, al mirarse dulcemente, parecían besarse con los ojos.
Sin interrupción, mis inquilinos habituales, las mujeres y los hombres de las grandes cestas malolientes y de las repletas alforjas, iban invadiéndome con gran alboroto, y apenas entraban cuando asaltaban las ventanillas para recoger los trebejos que sus acompañantes les alargaban desde el andén. Excitados por la ufanía del viaje todos hablaban alto, se interpelaban a gritos, reían y cruzaban entre sí las interjecciones más crudas. Bajo el esfuerzo impaciente de tantos pies, algunos desnudos, mi solado crujía. Las mujeres, en su mayoría despeinadas, eran gordas, o lo parecían con las numerosas faldas que llevaban encima; muchos hombres, aunque la mañana no era calurosa, iban en mangas de camisa y calzaban alpargatas. En una santiamén mis plazas quedaron ocupadas, y mis entrepaños cargados, hasta la altura de mi techumbre, de cajones y de bultos. En mi tránsito, varios atadijos de mantas, una silla, dos jaulas de perdiz y algunos enseres de cocina metidos en una artesa, formaban barricada. Mis viajeros, con la satisfacción de hallarse ya colocados, hicieron tribuna de mis ventanillas. Una voz gritaba:
—¡Vámonos, maquinista, que ya es hora!...
Y otra:
—¡Arrea, hombre!... ¡Que en Caspe está aguardándome mi suegra!...
Estas y otras sandeces eran premiadas con grandes risotadas. Ante aquel vulgacho impetuoso y desbridado, el matrimonio extranjero permanecía cohibido y con los pies recogidos debajo del asiento. Su hermetismo, la pulcritud de sus trajes y cierta distinción que en ellos había, molestaba secretamente el amor propio de los viajeros de aquel compartimiento. Se reconocían inferiores, lo cual les irritaba. A la esposa la encontraban fea, y al marido ridículo. Les parecía, además, que, tanto ella como él, “se daban importancia”. Empezaron a murmurar, pero lo bastante alto para que los aludidos les oyesen, como buscando con ellos pendencia.
—Son muy “finos” para venir aquí—dijo uno.
—Pues, si no les gustamos—replicó destempladamente una mujerona—, que se vayan a “primera”, que nadie les ha llamado...
“La Millanes”, nuestra máquina—había sido bautizada con el apellido de su maquinista—, silbó y partimos. ¡Alegría general!... Alguien sacó una bota, llena hasta la espita de buen vino aragonés.