—¿Quién quiere?—voceó.

Varias manos se adelantaron, como sedientas.

—Creo—dijo un viejo—que nadie ha de rehusar.

La bota pasó de unos a otros, y con tal amor la acogieron todos que cuando volvió a su dueño había perdido la mitad del peso. Aquél, sin embargo, la presentó al matrimonio:

—¿No beben ustedes?...

Lo hizo rudamente. El esposo, muy amable, contestó:

—Muchas gracias.

Y ella repitió:

—Gracias...

La mujer que habló antes, comentó, provocativa: