—Me alegro: la culpa no es de ellos, sino del tonto que quiere obsequiarles.

Alguien dijo:

—Es que en su país no tienen la costumbre de beber así.

La mujer replicó:

—¡Moño!, pues que se vayan a su tierra!...

No obstante, el aspecto modoso y cortés de los extranjeros iba ganando la simpatía de todos. Transcurrió la mañana, durante la cual, por dos veces, la esposa había comido bombones y trasegado algunos sorbos de agua. No llevaban merienda, y esto me indujo a suponer que su situación era precaria, lo que me conmovió. Acaso no llevaban dinero ninguno...

A mediodía el pasaje sintió hambre y cada cual echó mano de sus vituallas, y de las cestas y de las rollizas alforjas emergieron tortillas de patatas, huevos duros, latas de conserva, chorizos extremeños, lonjas de jamón serrano, racimos de uvas y grandes trozos de pan que las navajas cortaban en rebanadas. Volvieron a circular las botas en zarabanda regocijadora, y las botellas cantaron sobre los labios sutibundos.

Un hombrachón, con faja y zahones y en mangas de camisa, que se hallaba sentado enfrente de los belgas, les ofreció pan, sardinas y unos pimientos riojanos que aseguró quemaban como el fuego. El matrimonio, en quien el buen parecer se sobreponía al apetito, rehusó, aunque sin convicción. La voz antipática de la mujerona que parecía haberles declarado la guerra, intervino:

—¡No porfiadles!... ¡Si no quieren!...

“El hombre de los zahones” exclamó airado: