—¡Silleta, pero si no tienen qué comer! ¡Están chupando azúcar toda la mañana!... ¿Vamos a dejarles morir de hambre?...

Y encarándose con el belga, repitió:

—¡Coman ustedes, moño, remoño... que aquí en España lo que se ofrece es de voluntad!...

Entonces, con repentina alegría, los invitados aceptaron, y esto sirvió de señal para que un chaparrón de municiones de boca cayese sobre ellos. Con vehemencia conmovedora cada cual se aceleraba a darles de lo que comía: quién un pedazo de chorizo, quién un trozo de carne prensada entre dos rebanadas de pan, o un muslo de pollo, o unas manzanas asperiegas...

Los belgas parecían contentísimos, y con el poco castellano que chapurreaban y gentiles inclinaciones de cabeza, procuraban corresponder a tan larga hidalguía. La mujer era la más emocionada, acaso porque fué la que mejor comió y bebió: la brillaban los ojos y tenía empurpuradas las mejillas y la risa fácil. “El hombre de los zahones” dijo al marido:

—¡Remoño... y no querían ustedes comer!... ¡Mire usted a su esposa: hasta guapa se ha puesto!...

Los forasteros, con sólo mostrarse amables, se habían granjeado las voluntades, y cada cual se propuso extremar sus cuidados para con aquellas dos personas, que seguramente echarían muy de menos su país. La tarde pasó, y cuando la noche nos alcanzó, allá por Sigüenza, la generosa escena del almuerzo se repitió. Terminada la colación, “el hombre de los zahones” preguntó al belga:

—¿Quieren ustedes almohadas?...

—No, muchas gracias...

El extranjero, comedido siempre, no quería molestar.