—¡Moño, tanta silleta con molestar! ¡Pero si no molestan ustedes!... ¡Si tenemos gusto en servirles!...

Así era, en efecto: un viajero les buscó dos almohadas; otro, una manta...

—¿Quieren ustedes más?—decían.

—No, no... ¡muchas gracias!...

Como las almohadas eran largas, el matrimonio se acomodó sobre una de ellas; la otra les sirvió de respaldo, y con la manta se cubrieron hasta más arriba del pecho. Habían comido bien, y la felicidad de sus estómagos les sugería ideas risueñas; amorosamente se estrechaban las manos. El indagó:

—¿Te sientes bien?

—Sí. ¿Has visto qué buena gente es ésta?

—Muy buena.

—Al principio, esta mañana, les tenía miedo; pero ahora, no: son toscos, pero buenos. ¿Quieres que te diga una cosa? Empiezo a querer a España...

Continuaron hablando, y a cada momento, ella a él, o él a ella, se preguntaban: “¿Estás bien?...” La mujer se había descalzado, y él la palpó los pies para cerciorarse de que no los tenía fríos. Después, dulcemente, quedáronse dormidos con las cabezas juntas.